Hay momentos en los que aborrezco este trabajo que, en general, me apasiona.
En fin, es final de trimestre, lo que implica evaluaciones y para algunos, la catástrofe: el suspenso.
La medida de lo trágico para un adolescente no es la misma que para un adulto. El colegio es la vida. Para quien lo recibe, un suspenso y sus consecuencias pueden equivaler a un cataclismo. Que su duración pueda ser breve no evita que su intensidad, en ocasiones, llegue a conmover al mundo.
O a la profesora.
Cuando era estudiante pensaba, cómo no, que los profesores tenían favoritismos, alumnos a los que les tenían manía o que, simplemente, no iban a mover un dedo para ayudar a un aprobado. Los profesores, esos seres que jugaban con la vida y la muerte desde la punta de su bolígrafo rojo, pasaban en general de nosotros. Conste que siempre me he llevado bien con mis profesores (así he acabado...), pero no quiero ni pensar en el negro imaginario de mis compañeros, los que no disfrutaban en absoluto de la relación profesor-alumno. Para ellos, el equipo docente era la encarnación malvada del juicio final, un grupo de revanchistas de disciplinas diversas que se reunía trimestralmente para cobrarse las cuentas pendientes. Ay.
Ahora estoy en el otro lado.
Año tras año, evaluación tras evaluación, me sigue dejando sorprendida lo que se preocupan los profesores por los alumnos [permitidme la 3ª persona]. Se dedican horas a buscar la manera de potenciar, sacar adelante, acompañar. Se dan vueltas y vueltas, se revisa, se consulta, se reinterpreta... todo para ver cómo mejor atender a cada uno en la manera en la que personalmente lo precisa.
No se suspende a la ligera: se piensa, se valora, se plantea la evolución pasada y se planea la futura. En este proceso, el profesor se implica de manera integral: combina sus facetas académica, pedagógica, social y humana. Toma, finalmente, la decisión que cree más acertada para la persona y su momento. Y sabe que su decisión no está aislada de la de los demás, porque tal es el significado de formar parte de un equipo que trabaja conjuntamente por un objetivo común: el desarrollo integral armonioso del individuo.
Pero cuando llegan estos días y tengo que comunicar un suspenso... uf, no sé qué hacer con las lágrimas sentidas (ante las otras es más fácil acorazarse). Sé que la decisión es la correcta, pero qué esfuerzo hay que hacer a veces para no decir, ea, ea, no llores, ya está, te apruebo, por favor, no sufras más. Porque sé que el cataclismo ahí, en ese momento, se ha desatado por mi mano. Aunque no sea, claro, tan simple. Tiro entonces de todas mis aristas de profesora y le pido al corazón que se aparte un poco.
Vuelvo a la sala de profesores. Pesa más la mochila.
Hay momentos eternos en los que aborrezco este trabajo.
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